En el año 1227, en la ciudad italiana de Rimini, San Antonio de Padua se enfrentó a un desafío público por parte de un hereje llamado Bonovillo. Para probar la verdad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Bonovillo propuso una apuesta: él privaría de alimento a su mula durante tres días y luego, en la plaza pública, le ofrecería cebada al mismo tiempo que San Antonio le presentaba la Hostia consagrada. Si el animal hambriento ignoraba el forraje y reverenciaba la Hostia, Bonovillo abandonaría su herejía y se convertiría.
Llegado el día, ante una gran multitud, San Antonio se presentó con la Custodia y Bonovillo con su mula hambrienta. El santo ordenó al animal que rindiera honores a su Creador. Inmediatamente, la mula, despreciando la cebada que le ofrecía su dueño, se acercó dócilmente a San Antonio, dobló sus patas delanteras y permaneció en adoración reverente ante la Hostia. Al presenciar esto, Bonovillo cumplió su palabra: se arrojó a los pies del santo, abjuró públicamente de sus errores y se convirtió en uno de los más activos cooperadores de San Antonio.
Ubicación del Templo de San Antonio, donde ocurrió el milagro
El Desafío del Hereje
Un hereje llamado Bonovillo desafió públicamente a San Antonio de Padua a demostrar la presencia real de Cristo en la Eucaristía. El reto consistía en que si su mula, después de tres días de ayuno, ignoraba la cebada y reverenciaba la Hostia, él se convertiría.

El Ayuno de la Mula
Cumpliendo con los términos de la apuesta, Bonovillo encerró a su mula y la sometió a un ayuno estricto durante tres días, asegurándose de que el animal sintiera un hambre extrema antes de la prueba pública.

La Confrontación en la Plaza
En el día fijado, una gran multitud se congregó en la Plaza Grande de Rimini. San Antonio llegó sosteniendo la Hostia consagrada dentro de una Custodia, mientras Bonovillo se presentó con su mula hambrienta, sujeta por las riendas, lista para la prueba.

El Milagro de la Adoración
San Antonio se dirigió a la mula y le ordenó, en nombre de su Creador, que le rindiera honores. Inmediatamente, el animal ignoró por completo la cebada que le ofrecía su dueño, se acercó dócilmente a San Antonio, dobló sus patas delanteras y permaneció en una postura de reverente adoración ante la Hostia consagrada.

La Conversión de Bonovillo
Al presenciar el milagro y la lealtad de su adversario, Bonovillo cumplió su promesa. Se arrojó a los pies de San Antonio, abjurando públicamente de sus errores y herejías. Desde ese día, se convirtió en uno de los más fieles y activos colaboradores del santo.
