El Milagro Eucarístico de Turín ocurrió en Italia en 1453. La historia comenzó cuando, durante un conflicto entre las tropas de Renato d’Angio y las milicias del duque Ludovico de Saboya cerca de Exilles, un soldado saqueador robó la custodia con la Hostia consagrada de una iglesia, la puso en un saco y cargó el botín en un mulo.
El prodigio tuvo lugar al llegar a la plaza mayor de Turín. Allí, el mulo tropezó y cayó postrado. El saco que contenía el cuerpo divino se abrió, y la Sagrada Hostia, liberándose, se elevó por sí misma, sobrepasando la altura de las casas y resplandeciendo intensamente.
El obispo Ludovico de Romagnano fue avisado del estupendo evento. Llegó a la plaza con un gran cortejo y arrodillado, oró suplicante con las palabras de los discípulos de Emaús: “quédate con nosotros, Señor”. En ese momento, la Hostia, que brillaba como un sol, descendió lentamente. El obispo elevó un cáliz, y la Hostia se posó clemente dentro de él.
Este evento santificó el lugar y llevó a la inmediata devoción en la ciudad. Primero se construyó un tabernáculo y, poco después, la iglesia dedicada al Corpus Domini sobre el sitio del milagro, que en 1928 fue elevada a Basílica Menor. Aunque la Hostia se conservó hasta el siglo XVI, la Santa Sede ordenó su consumo para no obligar a Dios a hacer un “eterno Milagro” al mantener las especies eucarísticas incorruptas.
Ubicación de la Basílica del Corpus Domini, Turín
El Robo en Exilles
Tras un enfrentamiento entre las tropas de Renato d’Angio y las milicias del duque Ludovico de Saboya en la Alta Val Susa (Exilles), los soldados saquearon los alrededores. Uno de ellos forzó el tabernáculo de la iglesia y robó la custodia con la Hostia consagrada, guardándola en un saco y cargándola en un mulo.

La Caída del Mulo y la Ascensión de la Hostia
El soldado se dirigió a Turín con el botín. Al llegar a la plaza mayor, cerca de la iglesia de San Silvestro (futura iglesia del Corpus Domini), el mulo tropezó y cayó postrado. El saco se abrió, liberando la custodia y la Hostia consagrada, que se elevaron por sí mismas hasta superar la altura de las casas, esplendiendo como un sol.

La Intervención del Obispo
Ante el estupor de la gente, Don Bartolomé Coccolo corrió a avisar al Obispo Ludovico de Romagnano. El Obispo, acompañado por un gran cortejo de clero y pueblo, se dirigió a la plaza y, puesto en actitud de adoración, oró diciendo: “quédate con nosotros, Señor”.

La Caída de la Custodia y la Visión de la Hostia
Después de la oración del Obispo, la custodia cayó al suelo. La Hostia consagrada quedó libre, resplandeciente como un sol.

El Descenso y la Recolección
El Obispo alzó hacia la Hostia un cáliz que tenía entre sus manos. La Hostia, con clemencia, comenzó a descender lentamente hasta posarse dentro del cáliz.
